Voy a empezar este post con un dato de peso: 111.

Este es el peso actual exacto de mi peluquero. Y mientras ejerce su oficio para acicalarme justo antes de finalizar su jornada y poner ágil rumbo a su nevera, debate y se justifica al respecto.

Que es casi 100 y tampoco es tanto. Que ha sido de complexión fuerte desde niño. Que su mujer le dice que le sobra, su madre que vigile y su médico ya no dice. Que los pasajeros de asientos contiguos le temen y las sillas le sufren en silencio. Múltiples perspectivas y opiniones para un único y contundente dato: 111.

Y es que además de grasa, lo que le sobra a mi peluquero son datos y opiniones y lo que le falta es reflexión informada y decisiones.

En los últimos años de digitalización galopante duplicamos la cantidad de datos cada 24 meses. Éstos nos rodean y bombardean desde pantallas de todos los tamaños hasta abrumarnos e insensibilizarnos, cómodamente blindados a la crítica por nuestro ego y fina intuición. El riesgo de tanta datificación es la saturación y el ruido. A menudo los árboles no nos dejan ver ya el bosque

Nuestro reto está en remar con criterio navegando desde el lago de los datos al río de la información, de ahí a la orilla del conocimiento y finalmente bebernos el refrescante vaso del conocimiento aplicado, ambrosía del siglo XXI.

Ver estadísticas de sobrepeso, no es lo mismo que interpretar bien lo que significan, comprender su significado en nuestro contexto y finalmente asimilar para activar lo necesario para tomar acción. Nuestro hábil cerebro busca siempre ahorrar energía atraído por automatismos y respuestas fáciles , acomodado en las que más le convienen al contexto conocido y tentado demasiadas veces por la opinión mayoritaria a menudo infundadamente categórica.

Nuestro espíritu crítico, tan humano y cada vez más necesario, se atrofia para alejarnos de la opinión propia y el planteamiento y resolución de problemas con criterio. Necesitamos entrenar el escepticismo, preguntar para escuchar y buscar ávidamente fundamentos y nuevas perspectivas que cuestionen lo que creemos saber

Si pudiera le regalaría a mi apreciado peluquero, una pantalla integrada en la puerta de su nevera, a la altura de los ojos, que impidiera la apertura sin visionar un video directo a su conciencia.

Justo antes de atacar su lasaña, pensando ya en el tocino de cielo que se esconde tras un yogur desnatado, la pantalla le serviría fiables datos de correlación entre sobrepeso y enfermedades coronarias de las últimas 20 generaciones en su familia, salteados con precisos números sobre hipertensión, osteoartritis o apnea en personas de su misma edad y peso en todo el mundo. Remataría el menú con unas dulces predicciones sobre incremento de vitalidad y longevidad proporcionales a la pérdida de grasa entre 1 y 30 kilos.

Sólo tras ese video y unos instantes de autocontrol y sana reflexión, el brócoli tendría más posibilidades de debutar aquella noche.

Pantallas, datos y neveras del futuro, la ciencia avanza para ayudarnos, pero sin conciencia…no hay acción.